Las 8 edades del hombre, según Erikson

En el capítulo 7 de su libro “Infancia y Sociedad”, Erikson explica su teoría del desarrollo psicosocial. Hace un seguimiento de la personalidad a través de la vida, enfatizando las influencias sociales y culturales sobre el yo en cada uno de los ocho períodos. Cada etapa del desarrollo gira en torno a una “crisis” en la personalidad que involucra un conflicto mayor diferente. Cada crisis es un punto crucial relacionado con un aspecto de importancia a lo largo de la vida. Las crisis surgen de acuerdo con el nivel de maduración de una persona en un momento determinado. Si la persona se ajusta a las exigencias de cada crisis, el yo se desarrollará a la siguiente: si una crisis no es resuelta satisfactoriamente, la persona continuará luchando con ella y ésta interferirá con el desarrollo saludable del yo.

La solución exitosa de cada una de las ocho crisis necesita un equilibrio entre un rasgo positivo y uno negativo correspondientes. Aunque la cualidad positiva debería predomina también se necesita cierto grado negativo. El resultado exitoso de cada crisis incluye el desarrollo de una “virtud” en particular.

La preocupación principal de Erikson es si la sociedad, en lugar de la biología, moldea el desarrollo. En cada una de las ocho etapas, sucede una crisis que influye sobre el yo, y puede tener una solución buena o mala, dependiendo de la capacidad de la persona para lograr el equilibrio saludable.

Aquí abordaremos sólo las “edades” entre el nacimiento y la adolescencia, que son las que corresponden a la cátedra. De las otras edades, sólo se mencionan los rasgos principales, a efectos de completar el panorama general.

Confianza básica versus desconfianza básica (del nacimiento a los 18 meses)

El bebé se enfrenta a la duda de si puede confiar en el mundo. Virtud: la esperanza.

En la primera crisis de Erikson, confianza básica versus desconfianza básica, los bebés desarrollan un sentido de qué tan confiables son las personas y los objetos en su mundo. Necesitan desarrollar el equilibrio justo entre la confianza (que les permite crear relaciones íntimas) y la desconfianza (que les permite protegerse a sí mismos). Si las escalas pesan más del lado de la confianza -lo que es favorable según Erikson- los niños desarrollan lo que él llama la virtud de la esperanza: la creencia de que pueden satisfacer sus necesidades y obtener sus deseos. Si predomina la desconfianza, los niños verán el mundo como hostil e impredecible y tendrán problemas al establecer relaciones íntimas. Erikson enfatiza la situación de la alimentación como un escenario en el que la madre establece la mezcla correcta de confianza y desconfianza. A diferencia de Freud, que estaba interesado en la gratificación oral -el acto de alimentarse por sí sólo- Erikson se interesa en las interacciones entre madre e hijo en cuanto a la alimentación. ¿Responde la madre lo suficientemente rápido?, ¿puede el bebé contar con su alimento cuando tiene hambre y, por ende, confía en su madre como un representante del mundo? La confianza permite que un infante deje a su madre fuera de vista, debido a que “ella se ha vuelto un hecho interior seguro, así como uno exterior predecible. ” (Erikson, 1950, p. 247)

La primera demostración de confianza social en el niño pequeño es la facilidad de su alimentación, la profundidad de su sueño y la relación de sus intestinos. La experiencia de una regulación mutua entre sus capacidades cada vez más receptivas y las técnicas maternales de abastecimiento, lo ayuda gradualmente a contrarrestar el malestar provocado por la inmadurez con que ha nacido. En sus horas de vigilia, cuyo número va en aumento, comprueba que aventuras cada vez mas frecuentes de los sentidos despiertan una sensación de familiaridad, de coincidencia con un sentimiento de bondad interior. Las formas de bienestar y las personas asociadas a ellas, se vuelven tan familiares como el corrosivo malestar intestinal. El primer logro social del niño, entonces es su disposición a permitir que la madre se aleje de su lado sin experimentar indebida ansiedad o rabia, porque aquella se ha convertido en una certeza interior, así como en algo exterior previsible.

El estado general de confianza implica no solo que uno ha aprendido a confiar en la amistad y la continuidad de los proveedores externos, sino también que uno puede confiar en uno mismo y en la capacidad de los propios órganos para enfrentar las urgencias y que uno es capaz de considerarse suficientemente digno de confianza como para que los proveedores no necesiten estar en guardia para evitar un mordisco.

En psicopatología, la mejor manera de estudiar la ausencia de confianza básica consiste en observarla en la esquizofrenia infantil, mientras que la debilidad subyacente de esa confianza a lo largo de toda una vida resulta evidente en las personalidades adultas en las que es habitual un retraimiento hacia estados esquizoides y depresivos, el restablecimiento de un estado de confianza constituye el requisito básico para la terapia.

El psicoanálisis supone que el temprano proceso de diferenciación entre adentro y afuera es el origen de la proyección y la introyección que permanecen como dos de nuestros más profundos y peligrosos mecanismos de defensa. En la introyección sentimos y actuamos como si una bondad exterior se hubiera convertido en una certeza interior. En la proyección, experimentamos un daño interno como externo; atribuimos a personas significativas, el mal que en realidad existe en nosotros.

El firme establecimiento de patrones perdurables para la solución del conflicto nuclear de la confianza básica versus la desconfianza básica en la mera existencia constituye la primera tarea del yo y por ende en primer lugar, una tarea para el cuidado materno.

Autonomía versus vergüenza y duda (de 18 meses a 3 años aprox.)

El niño desarrolla un equilibrio de independencia sobre la duda y la pena. Virtud: el deseo.

En esta crisis, los niños necesitan lograr el equilibrio justo entre la autonomía y/o el control externo. Necesitan aprender lo que pueden y deben hacer, lo que es seguro de hacer, y qué clase de guía necesitan aún de sus padres. La virtud de la voluntad surge de esta etapa: los niños aprenden a hacer sus propias elecciones y decisiones, a ejercitar la auto-restricción y seguir sus propios intereses.

La maduración juega un papel importante a medida que los niños utilizan los músculos para hacer cosas por sí mismos, caminar, alimentarse y vestirse solos y ejercer autocontrol. El “convenio para estar de acuerdo” con la madre, lo cual caracterizó la temprana atmósfera de la confianza mutua debe quebrantarse a medida que los niños sustituyen cada vez más el juicio de los adultos por el propio.

Para lograr autonomía, necesitan suficiente control y guía por parte de los adultos. Demasiada o muy poca ayuda puede volverlos compulsivos al controlarse a sí mismos. El miedo de perder el autocontrol puede inhibir la autoexpresión, crearles la duda con respecto a sí mismos, avergonzarlos y sufrir de pérdida de la autoestima.

El entrenamiento para ir al baño es un logro importante en el aprendizaje de control y de autodeterminación; así como también lo es el lenguaje: a medida que los niños aprenden a expresar sus deseos, se vuelven más capaces e independientes. Entre tanto, los padres proporcionan un refugio seguro del cual los niños pueden salir y descubrir el mundo y al que pueden regresar con frecuencia para encontrar apoyo.

Los “terribles dos años” son una manifestación de esta necesidad de autonomía. Es normal el cambio de un niño dependiente y en gran parte dócil, a uno de dos años resuelto y algunas veces de temperamento fuerte. Los niños que empiezan a caminar deben probar nuevas nociones: que son individuos, que tienen una medida de control sobre su mundo y que poseen capacidades cada vez mayores. No contentos con permitir a alguien decidir lo que deberían hacer en un momento específico, exponen sus propias ideas y descubren preferencias. Su forma favorita de probarlas parece ser gritar “no” en cada oportunidad; esta conducta se conoce como negativismo.

La vergüenza supone que uno esta completamente expuesto y consciente de ser mirado; en una palabra consciente de uno mismo. Uno es visible y no esta preparado para ello.

La duda aparece asociada a la vergüenza. Cuando la vergüenza depende de la conciencia de estar vertical, y expuesto, la duda tiene mucho que ver con la conciencia de tener un reverso y un anverso, y sobre todo un “detrás”. El “atrás”: es el continente oscuro del pequeño ser, un área del cuerpo que puede ser mágicamente dominada y efectivamente invadida por quienes se muestran dispuestos a atacar el propio poder de autonomía y quienes califican en términos duros esos productos de los intestinos que el niño sintió como buenos al expulsarlos. Este sentimiento básico de duda con respecto a todo lo que uno ha dejado atrás, constituye un sustrato para formas posteriores y más verbales de duda compulsiva; encuentra su expresión adulta en temores paranoicos concernientes a perseguidores ocultos y a persecuciones secretas que amenazan desde atrás.

Esta etapa, se vuelve decisiva para la proporción de amor y odio, cooperación y terquedad, libertad de auto expresión y su supresión. Un sentimiento de autocontrol sin la perdida de autoestima da origen a un sentimiento perdurable de buena voluntad y orgullo; un sentimiento de perdida de auto control, y de un sobre control foráneo da origen a una propensión perdurable a la duda y la vergüenza.

El sentimiento de autonomía fomentado en el niño y modificado a medida que la vida avanza, sirve para la preservación en la vida económica y política de un sentido de la justicia, ya su vez es fomentado por este último.

Iniciativa versus culpabilidad y miedo (de los 3 a los 6 años)

El niño desarrolla la iniciativa al intentar cosas nuevas y no se deja abatir por el fracaso. Virtud: el propósito.

La tercera crisis de Erikson es la de iniciativa versus culpabilidad, el conflicto entre el sentido de propósito, el cual le permite a un niño planear y llevar a cabo actividades, y las restricciones morales que éste puede tener sobre tales planes.

Esta crisis marca una división entre la parte de la personalidad que permanece niño, lleno de alegría y de deseo de probar cosas nuevas y ensayar nuevos poderes y la parte que se está volviendo “adulta”, que examina en forma constante la conveniencia de motivos y acciones, especialmente sabiendo que algunas de las acciones puede tener resultados negativos. Los niños que aprenden a regular estos propósitos conflictivos desarrollan la virtud de propósito, el valor de prever y perseguir metas, sin estar inhibidos por la culpa o el miedo al castigo.

Si esta crisis no se resuelve por completo, los niños se pueden desarrollar como adultos que sufren de enfermedades psicosomáticas, inhibición o incapacidad como adultos que compensan su actitud con la ostentación o que se exigen mucho a sí mismos, son intolerantes, ocupados más en impulsos prohibitivos (los suyos y los de los demás) que en disfrutar de la espontaneidad.

La dimensión psicosexual de la edad preescolar corresponde al descubrimiento y al aprendizaje sexual (masculino y femenino), la mayor capacidad locomotora y el perfeccionamiento del lenguaje. Estas capacidades predisponen al niño para iniciarse en la realidad o la fantasía, en el aprendizaje psicosexual (identidad de género y respectivas funciones sociales y complejo de Edipo), en el aprendizaje cognitivo (forma lógica preoperacional y comportamental) y afectivo (expresión de sentimientos). El sentimiento de culpa nace del fracaso en el aprendizaje psicosexual, cognitivo y comportamental; y el miedo de enfrentarse a los otros en el aprendizaje psicosexual, psicomotor, escolar o en otra actividad. El justo equilibrio entre la Iniciativa y la culpa y el miedo es significativo para la formación de la conciencia moral, a partir de los principios y valores internalizados en los procesos de aprendizaje, en la iniciación del aprendizaje escolar, de la inserción social, a través de prototipos ideales representados por sus padres, adultos significativos, y sociedad.

Ahora la presencia de la triada familiar es necesaria para la formación de la capacidad de separación afectiva, de dar y recibir afecto a una tercera persona, incluyendo la resolución del Complejo de Edipo. La virtud que surge de la resolución positiva de esta crisis es el Propósito, el deseo de ser, hacer y de convivir. El arte dramático (la actuación), y el juego se vuelven un muestrario de las ritualizaciones de las experiencias existenciales de la niñez, en los roles y funciones sociales, bien como del aprendizaje de los significados dialécticos de las crisis psicosociales para la formación de su conciencia moral. El moralismo será la palabra para designar la internalización de las normas sociales cuando es la forma inhibidora y culposa. Esta ritualización se expresa en tres niveles diferentes en la expresión de jugar: en la autoesfera, esto es las sensaciones del propio cuerpo; en la microesfera, aquello que corresponde a la esfera de los juguetes, y en la macroesfera, los actos que corresponden a las relaciones con los otros.

Los padres pueden ayudar a sus hijos a hacer un balance favorable entre un sentido de iniciativa que puede llevarlos a exagerar las cosas nuevas y una tendencia a volverse reprimidos y culpables. Pueden hacer esto dando a los niños oportunidades de hacer las cosas a su modo, mientras los respaldan con guía y límites.

Destreza versus inferioridad (de 6 años a la pubertad)

El niño debe aprender destrezas de la cultura o enfrentar sentimientos de inferioridad. Virtud: la habilidad.

El niño debe comenzar a ser un trabajador y un proveedor potencial. Con el periodo de latencia que se inicia, el niño de desarrollo normal sublima la necesidad de conquistar a las personas mediante el ataque directo o de convertirse en papá y mamá en forma apresurada; ahora aprende a obtener reconocimiento mediante la producción de cosas.

Está dispuesto a aplicarse a nuevas habilidades y tareas, que van mucho más allá de la mera expresión juguetona de sus modos orgánicos o el placer que le produce el funcionamiento de sus miembros.

Completar una situación productiva constituye una finalidad que gradualmente reemplaza a los caprichos y los deseos del juego. Los límites de su yo incluyen sus herramientas y habilidades; el principio del trabajo le enseña el placer de completar el trabajo mediante una atención sostenida y una diligencia perseverante.

El peligro del niño en esta etapa radica en un sentimiento de inadecuación e inferioridad. Si desespera de sus herramientas y habilidades o de su status entre sus compañeros, puede renunciar a la identificación con ellos y con un sector del mundo de las herramientas. El hecho de perder toda esperanza de tal asociación “industrial” puede hacerlo regresar a la rivalidad familiar mas aislada, menos centrada en as herramientas, de la época edípica. El niño desespera de sus dotes en el mundo de las herramientas y la anatomía, y se considera condenado a la mediocridad o a la inadecuación. Es en ese momento que la sociedad más amplia se vuelve significativa en cuanto a sus maneras de admitir al niño a una comprensión de los roles significativos en su tecnología y economía. El desarrollo de más de un niño se ve desbaratado cuando la vida familiar no ha logrado prepararlo para la vida escolar, o cuando ésta no alcanza a cumplir las promesas de las etapas previas.

Freud la denomina la etapa de latencia porque los impulsos violentos están inactivos. Erikson también ve la infancia intermedia como un tiempo de relativa calma emocional, en la que los niños pueden asistir al colegio y aprender las habilidades que su medio cultural exige. Pero se trata tan solo de un momento de calma antes de la tormenta de la pubertad, cuando todos los impulsos previos reemergen en una nueva combinación para caer bajo el dominio de la genitalidad.

Se trata de una etapa muy decisiva desde el punto social; puesto que la industria implica hacer cosas junto a los demás y con ellos, en esta época se desarrolla un primer sentido de la división del trabajo y de la oportunidad diferencial, esto es, el ethos tecnológico de una cultura.

Estos esfuerzos por lograr habilidad pueden ayudar a los niños a formarse un concepto positivo de sí mismos. La “virtud” que se desarrolla con la exitosa solución de esta crisis es la competencia, una visión del yo como capaz de dominar y dar culminación a las tareas. Al comparar los niños sus propias habilidades con las de sus compañeros se forman un juicio de quiénes son. Si se sienten incapaces en comparación, puede que regresen a “la rivalidad de los tiempos edípicos en que estaban más aislados y eran menos conscientes de las herramientas” (Erikson, 1950, pág. 260). Si por el contrario, se vuelven demasiado laboriosos, pueden descuidar sus relaciones con las otras personas y convertirse en adultos.

Identidad versus Confusión de Identidad (de la pubertad a la temprana edad adulta.)

El adolescente debe determinar su propio sentido del yo. Virtud: la fidelidad

De acuerdo con Erikson (1968), la tarea principal de la adolescencia es resolver el conflicto de identidad versus confusión de identidad – para llegar a ser un adulto único con un papel importante en la vida -. Para formar una identidad, el yo organiza las habilidades, las necesidades y los deseos de la persona y ayuda a adaptarlos a las demandas de la sociedad. La búsqueda de la identidad viene a enfocarse durante la adolescencia y persiste a través de la vida, aunque es más insistente en algunas épocas que en otras.

Para Erikson el aspecto crucial de la búsqueda de la identidad es decidir una carrera. El crecimiento físico rápido y la madurez genital nueva alertan a los jóvenes para su inminente vida adulta, y comienzan a preguntarse acerca de su papel en la sociedad adulta.

Erikson ve el peligro principal de esta etapa como una confusión de identidad o confusión de papel, que puede expresarse a sí mismo por tomar un tiempo excesivamente largo para alcanzar la vida adulta. Sin embargo, cierta cantidad de confusión de identidad es normal, y explica la naturaleza caótica de la conducta de muchos adolescentes, como también su penosa timidez por su apariencia.

De acuerdo con Erikson, la exclusividad de adolescentes y la intolerancia de las diferencias son defensas en contra de la confusión de identidad. Los adolescentes también pueden expresar confusión regresando a la niñez para evitar resolver conflictos o comprometiéndose ellos mismos impulsivamente en rumbos de acción malos e irreflexivos. Durante la moratoria psicosocial -período de “tiempo libre” de que disponen la adolescencia y la juventud- , se definen compromisos juveniles que darán forma a la vida de una persona por muchos años venideros. Estos compromisos son a un mismo tiempo ideológicos y personales y, en la medida en que la gente joven pueda ser fiel a ello, determina su habilidad para resolver la crisis de esta etapa.

La “virtud” fundamental que surge de esta crisis de identidad es la virtud de la fidelidad. Implica un sentido de pertenencia a un ser amado, o a un amigo y compañeros. También, implica identificarse con un conjunto de valores, una ideología, una religión, un movimiento, o un grupo. La autoidentificación emerge porque el individuo ha seleccionado las personas y los valores que considera justa antes que aceptar los de sus padres.

La fidelidad ahora representa un sentido más desarrollado de confianza de la que fue en la niñez. El amor, en realidad, es una vía hacia la identidad en el esquema de Erikson. Al llegar a ser íntimo con otra persona y compartir los pensamientos y los sentimientos, el adolescente ofrece su propia tentativa de identidad, la ve reflejada en el amado.

Las intimidades de los adolescentes difieren de la intimidad madura, la cual implica compromiso y sacrificio.

Intimidad versus Aislamiento (temprana edad adulta)

La persona busca comprometerse con otras; si fracasa puede sufrir un sentimiento de aislamiento y de absorción de sí misma. Virtud: el amor.

El adulto joven, que surge de la búsqueda de identidad y la insistencia en ella, está ansioso y dispuesto a fundir su identidad con la de otros. Está preparado para la intimidad, esto es, la capacidad de entregarse a filiaciones y asociaciones concretas y de desarrollar la fuerza ética necesaria para cumplir tales compromisos, aun cuando estos pueden exigir sacrificios significativos.

La contraparte de la intimidad es el distanciamiento: la disposición a aislar y, de ser ello necesario, a destruir aquellas fuerzas y personas cuya esencia parece peligrosa para la propia, y cuyo “territorio” parece rebasar los límites de las propias relaciones íntimas.

El peligro de esta etapa es que las relaciones íntimas, competitivas y combativas se experimentan con y contra las mismas personas.

Recién ahora puede desarrollarse plenamente la verdadera genitalidad, pues gran parte de la vida sexual precede a estos compromisos corresponde a la búsqueda de identidad, o esta dominada por las tendencias fálicas o vaginales que hacen de la vida sexual una suerte de combate genital.

La genitalidad, entonces, consiste en la capacidad plena para desarrollar una potencia orgásmica tan libre de interferencias pregenitales, que la libido genital se expresa en la mutualidad sexual, con plena sensibilidad tanto del pene como de la vagina, y con una descarga de tipo convulsiva de la tensión en todo el cuerpo.

La utopía de la genitalidad debería incluir:

  1. Mutualidad del orgasmo
  2. Con un compañero amado
  3. Con quien uno puede y quiere compartir una confianza mutua
  4. Y con el que uno puede y quiere regular los ciclos de trabajo, procreación y recreación, a fin de asegurar también la descendencia todas las etapas de un desarrollo satisfactorio.

Productividad / Generatividad, versus Estancamiento (edad adulta intermedia)

El adulto maduro se preocupa por consolidar y guiar a la siguiente generación o de lo contrario siente empobrecimiento personal. Virtud: el cuidado.

La generatividad es, en esencia la preocupación por establecer y guiar a la nueva generación, algunos sinónimos serían, productividad y creatividad.

Constituye así una etapa esencial en el desarrollo psicosexual y también en el psicosocial. Cuando tal enriquecimiento falta por completo, tiene lugar a una regresión a una necesidad obsesiva de pseudo intimidad, a menudo con un sentimiento general de estancamiento y empobrecimiento personal.

Integridad versus Desesperanza (vejez)

La persona de edad avanzada logra un sentido de aceptación de su propia vida, bien sea aceptando de su propia vida, bien sea aceptando la muerte o, por el contrario, cayendo en la desesperanza. Virtud: la sabiduría.

Sólo en el individuo que en alguna forma ha cuidado de cosas y de personas, se ha adaptado a los triunfos y las desilusiones inherentes al hecho de ser el generador de otros seres humanos, o el generador de productos e ideas, puede madurar gradualmente el fruto de las 7 etapas anteriores.

La integridad del yo, es la seguridad acumulada del yo con respecto a su tendencia al orden y el significado. Es un amor postnarcisista del yo humano, como una experiencia que transmite  un cierto orden del mundo y sentido espiritual.

Es la aceptación del propio y único ciclo de vida como algo que debía ser, no permitía sustitución alguna, esto significa que es así un amor nuevo y distinto hacia los propios padres.

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