Descartes y El Discurso del Método

Para esta reseña, utilizo la versión del Discurso del Método publicada en “Biblioteca de grandes pensadores: Descartes”, de Editorial Gredos. El tomo incluye, además del Discurso, las obras “Reglas para la dirección del espíritu”, “Investigación de la verdad por la luz natural”, “Meditaciones Metafísicas”, “Conversación con Burman”, “Las pasiones del alma”, “Correspondencia con Isabel de Bohemia”, y “Tratado del hombre”, además del extenso estudio introductorio de Cirilo Florez Miguel.

Me limito, además, a describir algunas ideas clave de las primeras cuatro partes de la obra (son seis), sin discutirlas ni presentar argumentos de autores respecto de ellas. Omití las últimas dos partes porque su objeto se aleja mucho de los intereses de esta página.


Primera parte: Consideraciones acerca de las ciencias

Descartes argumenta a favor de la igualdad de los hombres respecto de la razón, señalando que en naturaleza, el buen sentido o razón es igual en todos, y que las diferencias que puede haber entre los hombres se debe a los accidentes (como no considerar las mismas cosas, o no tener los mismos intereses, o por los derroteros que transita cada uno, etc.)

Luego, empieza a narrar su propio recorrido intelectual, sus estudios con los jesuitas, sus impresiones sobre cada una de las ciencias que aprendió, y cómo eso no le permitió encontrar más que posturas diversas sobre diversos puntos. Luego, menciona su decisión de leer “el gran libro del mundo”, esto es, viajar y aprender directamente de las experiencias. También ello finalizó con reconocer la enorme diversidad de criterios para juzgar tanto los actos humanos como para explicar la naturaleza y el mundo. No halló nada sólido. Luego de eso, decidió buscar en sí mismo la senda a seguir, y afirma que ese camino fue más productivo que el de los libros y los viajes.

Segunda parte: reglas principales del método

Valiéndose de varios ejemplos de distinto tipo (las obras creadas por un solo artista suelen ser mejores que aquellas en que intervinieron varios; los pueblos que siguen los preceptos de un único fundador tienen cimientos más firmes que aquellos que fueron creando sus leyes conforme a la necesidad; la necesidad a veces de derrumbar un edificio cuando sus cimientos tambalean, para reconstruirlo de modo más firme, etc.), explica su decisión de suprimir de sí las ideas y opiniones que aprendió de otros sin someterlas a su juicio y verificar su verdad, sobre todo viendo que no se siente en condiciones de preferir unas opiniones por sobre otras luego de haber estudiado autores tan opuestos, y visto culturas tan distintas.

Inicia así su búsqueda de un fundamento firme, para lo cual incluso deja de lado la Filosofía, la Lógica y las Matemáticas por considerar que incluyen métodos valiosos pero también muchos aspectos nocivos al entendimiento.

Así, se fija 4 preceptos:

  1. No admitir como verdadera cosa alguna, como no supiese con evidencia que lo es. Es verdadero aquello que no permite ocasión para ser puesto en duda.
  2. Dividir cada dificultad en cuantas partes fuere posible y sea necesario para su mejor resolución.
  3. Conducir el pensamiento comenzando por los objetos más simples y fáciles de conocer para ascender gradualmente hasta el conocimiento de los más complejos.
  4. Hacer en todos recuentos y revisiones generales e integrales, para estar seguro de no omitir algo.

Para acostumbrar a su intelecto a trabajar en base a estos preceptos y método, se dedica a estudiar Matemáticas, postergando la indagación filosófica para una edad más madura que los 23 años que en ese momento tenía. La decisión de comenzar con Álgebra y Matemáticas en general, se debió a que considera que solo esa ciencia logró alcanzar demostraciones ciertas y evidentes. Continuar con la filosofía, se debió a que ella está en la base de todas las ciencias.

Tercera parte: Reglas de moral derivadas del método

Descartes reconoce que, mientras dure su búsqueda, debe adoptar ciertas máximas que le permitan vivir en tranquilidad. Por ello, se establece tres máximas morales de carácter provisional:

Primera: Seguir las leyes y costumbres de su país, y de la religión en que fui instruido de niño, rigiéndose en lo demás por las opiniones y acciones de los hombres más sensatos de su tiempo, esto es, de las opiniones y acciones más moderadas y alejadas del exceso.

Segunda: Ser en las acciones lo más firme y resuelto que fuera posible, y en caso de adoptar opiniones dudosas, ser constante en ellas, como si fuesen segurísimas (utiliza aquí la comparación con el caminante extraviado en el bosque, para quien es perjudicial dar vueltas sin rumbo, siendo más provechoso seguir un mismo sendero con la esperanza de llegar a algún sitio alguna vez, ya que cualquier sitio es mejor que seguir perdido en el bosque). Lo que otorga la obligación de ser constantes aún en la duda, es que nuestra propia razón nos llevó a elegirlas por sobre otras igualmente dudosas.

Tercera: Procurar vencerse a sí mismo antes que a la fortuna (hacer siempre lo mejor que se puede), alterar sus deseos antes que alterar el mundo (no desear aquello que nos es inalcanzable), y acostumbrarse a creer que lo único que está enteramente en nuestro poder son nuestros pensamientos. De esa manera, si siempre hacemos lo mejor que podemos no sentiremos pena por no alcanzar lo buscado, ya que todo es inasequible excepto el pensamiento. Hace también una valoración muy positiva del Estoicismo.

Habiendo establecido estas tres máximas, junto con las verdades de su fe, decidió dejar su cuarto y relacionarse con las personas, por lo cual durante los siguientes nueve años viajó. De esos viajes extrajo algunos aprendizajes, algunas observaciones que luego le permitirían elaborar otras más ciertas. Sin embargo, durante esos años no inició ningún intento de abordar las cuestiones filosóficas. No lo habría hecho si no fuera porque se topó con muchos que proclamaban que en realidad, ya había logrado hacerlo. Así, dice, se atrevió a abordar la filosofía para intentar hacerse digno de la reputación que ya le otorgaban.

Escribe este apartado ya ocho años después de esos viajes, en Holanda.

Cuarta parte: pruebas de la existencia de Dios y del alma humana.

Menciona que en ese periodo se dedicó a cuestiones metafísicas (justamente, las publicadas en “Meditaciones Metafísicas”), y comenta sintéticamente algunas de esas reflexiones.

Expresa que, en lo tocante a estas meditaciones, debió dejar de lado la segunda máxima moral señalada en la tercera parte, puesto que se trataba de buscar la verdad, y para ello debía juzgar como falsa cualquier opinión que sea incierta, para ver si procediendo de esa manera no quedaba en su creencia algo enteramente indudable.

Así, dado que a veces los sentidos son engañosos, rechazó todo lo que ellos presentaran. Puesto que también al razonar solemos cometer errores, rechazó todas las conclusiones que hasta ese momento había tenido por ciertas; puesto que los sueños suelen contener pensamientos similares a los que tenemos al estar despiertos, resolvió que todas las cosas que hasta ese momento había conocido podían muy bien ser ilusiones.

Pensando de ese modo, que todo es falso, entendió que era necesario que él, que lo pensaba, sea algo. “Yo pienso, luego soy”, se constituyó así en el primer principio firme de su filosofía.

Examinó luego lo que él es, y advirtió que podía imaginar que no tenía cuerpo, que no habitaba un espacio, pero no podía fingir que no era, puesto que al dudar, pensaba y pensando era evidente que él era, mientras que si dejaba de pensar, esa evidencia desaparecía, concluyó que él era por esencia y naturaleza una cosa que piensa, y que para pensar no necesita ni de un lugar ni de ningún objeto, por lo cual él, el alma por el cual es, es completamente diferente el cuerpo.

Luego, advirtió que, si él dudaba, no era perfecto, puesto que es mejor conocer que dudar. Eso lo llevó a pensar de dónde había obtenido la idea de algo más perfecto que él. Es inadmisible que la idea pueda proceder de la nada, y es inadmisible también que una naturaleza imperfecta pueda pensar por sí misma la idea de la perfección. Así, admite como certeza que la idea de perfección solamente pudo haberla puesto en él una naturaleza superior, perfecta, poseedora de todas las perfecciones que él es capaz de enumerar, en una palabra, de Dios. Procedimientos semejantes lo llevan a considerar la incorporeidad de Dios, y también aceptar la existencia de algunas naturalezas sensibles y corporales (al tener idea de ellas, deben proceder de algún lado, y por ende, de ser reales).

Continúa luego con otros razonamientos semejantes, pero no tan importantes como los mencionados hasta aquí.

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